Blog

Tecnologías de la humildad

16 de Agosto de 2023
Image
Tecnologías de la humildad

Caemos una y otra vez en la trampa de imaginar que nuestro presente es único. Que no hay precedente a lo que vivimos. Al acuñar la expresión “posverdad”, nos convencemos de que antes de ese imperio, vivíamos regidos por la lógica estricta, nos inclinábamos ante la demostración, reconocíamos la autoridad del razonamiento riguroso. No hay nada nuevo bajo el sol. Vivimos, como siempre, entre la verdad, la mentira y la opinión. Caminamos entre la lógica y la creencia. La nostalgia que denota el término “posverdad” es absurda. No hay Era de la verdad a la que haya que retornar. El hombre es un animal que se deja llevar por lo visible, no por lo demostrable.

 

Desde su ensayo sobre la verdad y la política, Hannah Arendt encontraba las complejidades de la relación entre verdad y política. Toda política requiere un asiento de verdad y la tensión de la controversia. En aquel ensayo de 1967 publicado en el New Yorker, deslizaba una sospecha frente a los decretos de la verdad. En la Verdad hay una fibra despótica. Después de que se enuncia la verdad, hay que callarse. No hay discusión posible después de que se demuestra la exactitud de una fórmula matemática. Por eso, la arqueóloga del totalitarismo pedía que nos cuidáramos de quienes mandan invocando la posesión exclusiva de la verdad. Un gobierno que pretendiera ser instrumento de la ciencia tendría la mejor coartada para cancelar el debate.


La política democrática no tiene como fundamento la verdad sino la opinión. Era eso lo que hacía rabiar al Filósofo: una ciudad no podía levantarse en las arenas movedizas de la parcialidad, en el agujero de la ignorancia, debía asentarse en la Eterna Verdad a la que solamente puede acceder el sabio. Solo podría confiarse en la autoridad de la filosofía, en el dictado de quien contempla la verdad entera. Ahí está la arrogancia original que ahora se manifiesta en el gobierno de los técnicos. Enterremos la democracia, ha pedido en tiempos recientes, el politólogo Jason Brennan. Construyamos la base de una epistocracia: un gobierno donde cuente el juicio de los que saben, no los prejuicios de los ignorantes.

 

Si un régimen democrático es la forma política de la sociedad abierta es porque se alienta la controversia, porque no calla ante el dictado de quien se pretende encarnación del conocimiento. Un sistema democrático exige, por supuesto, una plataforma de entendimientos compartidos. Pero la decisión no ha de encadenarse a la prescripción técnica. La política, un asunto más de prudencia que de ciencia.

 

En un ensayo reciente, el filósofo vasco Daniel Innerarity recuerda que un grupo de científicos suscribieron un manifiesto en el que advertían que los políticos no debían definir, por sí mismos, la estrategia sanitaria. No había tiempo para discusiones, había que actuar de acuerdo a las prescripciones de los técnicos. Los gobernantes debían someterse a los científicos. Esa era la implicación del comunicado. Ustedes tendrán el poder, pero no tienen el conocimiento. En la emergencia, concluían los científicos, nosotros debemos tomar las riendas de la política sanitaria.

 

Ustedes tienen el poder, nosotros el conocimiento. En el momento en que se pueden salvar vidas, las decisiones nos corresponden a nosotros, no a ustedes. El desplegado, suscrito en uno de los momentos de mayor ansiedad planetaria, metía en una nuez la lógica tecnocrática. Por lo que vivíamos entonces, el llamado adquiría un dramatismo persuasivo. La representación popular, la legitimidad democrática, las cautelas institucionales, los valores encontrados debían hacerse a un lado ante la seriedad del peligro. Si ha habido un momento en que resultaba contundente la exigencia tecnocrática era justamente ante la pandemia.

 

Innerarity no se dejaba intimidar por la razonada extorsión de los científicos. Quizá deberíamos pensar justamente en lo contrario a lo que argumentan los expertos. “Los políticos pueden menos de lo que parece y los científicos saben menos de lo que creemos.” Si el poder de la política es siempre limitado, si el saber de la ciencia es inevitablemente incompleto, valdría pensar en las formas de un diálogo a partir de estas insuficiencias para acercarnos a la decisión sensata.

 

Nuestro tiempo está partido entre la fe en la ciencia y la desconfianza en la ciencia. A la ciencia se le reconoce un enorme poder y, al mismo tiempo, se le ve con miedo, como una fuente de

exclusión. En ocasiones es abrazo a una fe que rechaza el demonio del conocimiento, pero también es denuncia de quienes lo poseen y la manera en que lo emplean.


Pero no se trata de obedecer a la ciencia o de desconocerla, sino de discutir con ella. Una sociedad democrática no solamente refleja una diversidad de intereses materiales y de perspectivas ideológicas. Es también un mosaico de saberes, dice el ensayista en La sociedad del desconocimiento. Conviven científicos y creyentes. La técnica y el cuento. Los recuerdos, los datos, las esperanzas, las emociones, las reglas, el mito y la fe. ¿Habrá forma de entablar diálogo entre esos entendimientos del mundo?

La política necesita escuchar a la ciencia, pero no tiene el deber de callarse ante ella. Los científicos podrán explicar el origen del cambio climático y hacer modelos de lo que nos espera en veinte años, pero no corresponde a ellos, en exclusiva, decidir lo que hemos de hacer para enfrentar el desafío. Equilibrar valores e intereses encontrados no es resultado de una fórmula aritmética. La ciencia podrá ayudarnos a medir un fenómeno, a identificar las causalidades, a proyectar consecuencias posibles, pero es incapaz, por sí misma, de dictar las políticas específicas que deben implementarse para confrontarlo. Los consejos de la ciencia son un insumo fundamental para el debate parlamentario, pero no pueden ser la única voz que se escuche en la tribuna democrática.

 

Sheila Jasanoff, profesora de estudios tecnológicos de la Escuela Kennedy de Harvard ofrece una perspectiva que vale ser tomada en cuenta.3 La conozco precisamente por el trabajo de Innerarity. Parte del lugar correcto. La ciencia no es la conclusión hermética de la verdad, sino un proceso abierto. Como bien lo entendía Popper, la ciencia es un espacio abierto a sus errores y a su ignorancia. Toda afirmación es refutable. Todo hallazgo prende una luz entre oscuridades. Debemos por ello reconocer todo lo que la ciencia ignora, todas las conjeturas que no han logrado demostrarse. Solemos prendernos del descubrimiento como si éste bastara para comprender el mundo. Nos ayudaría hacer consciencia de todo lo que permanece en el misterio. Intentar saber lo que no sabemos.

 

Si eso es crucial en el mundo de la física o de la química, lo es también para los asuntos sociales.

 

La complejidad del mundo social es infinita. No hay una sola cuerda que lo explique o que lo mueva todo. Por eso es necesario dibujar y redibujar constantemente el mapa de nuestras ignorancias. A cada hallazgo, mil incógnitas nuevas. El conocimiento más riguroso será siempre incompleto y provisional.

El gran engaño de la modernidad es la ilusión de la certidumbre. Se nos engañó con la idea de que la ciencia nos entregaría un reporte completo de la realidad que serviría para desterrar progresivamente los misterios del mundo. La ciencia podrá aclarar una parte del cuadro, pero no puede presentar el cuadro completo. La tarea a la que nos convoca la profesora de Harvard es cultivar conocimiento y prudencia para la incertidumbre. “Tecnologías de la humildad,” las llama Jasanoff. Ejercicio de argumentación entre saberes que no implique la sumisión de la política o de la ciencia. Herramientas para apreciar la ambigüedad, la indeterminación, la complejidad. Instrumentos para calibrar la implicación ética de toda decisión pública, para acomodar intereses y valores en conflicto. Tecnologías de la humildad para escapar de la notación binaria y del mito maniqueo.

 

Hay que abrir los ojos y desterrar las supercherías. Hay que mirar arriba, como ordena la película de Adam McKay. Pero hay que mirar también abajo, a los lados, adentro. Hay que reconocer la controversia que circunda toda labor técnica. Los científicos, insiste Jasanoff, pueden decirnos con mucha precisión que la intervención humana ha elevado la temperatura del planeta, nos advierten de manera irrefutable que ese cambio tendrá consecuencias devastadoras. Pero de ese conocimiento no se deriva inmediatamente una pista de actuación. ¿A dónde deben destinarse los recursos públicos para enfrentar el desafío? ¿Qué hacer primero? ¿Dónde intervenir? ¿Debemos dar prioridad a la prevención o a la mitigación? ¿Cómo debe enfrentarse la disparidad en la catástrofe?

 

La formación de la política pública sugiere Jasanoff, ha de hacerse cargo de las capas de nuestra ignorancia. La humildad, esa virtud perdida, como la llama el teólogo Christopher Bellitto en un libro reciente, es herramienta esencial4. 

 

La humildad nos permitiría reconocer la solidez del conocimiento científico y, al mismo tiempo, sus límites. Nos ayudaría a dejar de pensar que todas las respuestas están en la ciencia si es que buscamos soluciones éticamente defendibles. La humildad nos permitiría también percatarnos de que el argumento técnico, tan relevante como es, no desplaza las reflexiones de la historia o de la filosofía moral.

 

La humildad, dice Bellitto,nos empuja a pensar las cosas de nuevo. Nos pone en contacto con nuestra ignorancia, nuestras flaquezas, nuestros errores. Es el primer paso para tratar de superarlos. 
 

Referencias
  1. Brennan, J. (2016). Against Democracy. Princeton University Press.

  2. Innerarity, D. (2022). La sociedad del desconocimiento. Galaxia Gutenberg.

  3. Jasanoff, S. (2007). Technologies of humility. Nature, 450, 33. https://doi.org/10.1038/450033a

  4. Bellitto, C. M. (2023). Humility, The Secret History of a Lost Virtue. Georgetown University Press.